miércoles, 20 de febrero de 2019

“Eso es un gato; no le importará cómo queda nuestra alma” Por Zamoht



        Dos siempre han sido las mascotas favoritas de los humanos:   los perros, y los gatos.

Las leyendas dicen que el perro simplemente una vez se acercó al humano, tímidamente lo miró, le movió la cola, y…ya nunca más se separaron.

   Tal vez la amistad con el gato, hay empezado de la misma manera; aunque no se puede asegurar que el gato es amigo del humano; podemos imaginar el primer contacto: se acercó al humano, dijo miau sin detenerse y buscó comida en algún lugar; se dejó acariciar el loma; busco un lugar donde echarse, y de allí por delante nunca obedecía como el perro; tenía limpio de ratones y animalillos el lugar; dormía de día; salía en la noche; no toleraba estar amarrado; ni encerrado como el perro que no puede saltar arriba de dos metros de pared; pero para el gato las paredes no son encierros.

   El perro es un animal fiel, no necesita de encierros ni cadenas para estar siempre al lado de su “amo”; no puede vivir sin él; cuantas historias de mendigos muertos, teniendo un perro que nunca se fue por el hambre y que luego dormía sobre su tumba solitaria.

   La psicología del gato no es esa, inclusive no se puede jugar simplemente con él porque araña.

   El perro puede alimentarse con todo lo que come el humano; el gato, no; necesita y con bastante frecuencia alimento con carne; no por majadero, sino porque la naturaleza lo obliga; basta con analizar comparativamente la estructura dental de ambos animales.

   Se puede afirmar la tesis de que los perros, todos ellos, de cualquier raza, son fieles a sus amos que reconocen como tales desde pequeños generalmente. No así del gato. Ambas mascotas son del conocimiento humano; ambas nos han estrujado el pecho cuando, por sus menores ciclos de vida, hemos tenido que llevar al veterinario o simplemente un día enterrarlos.

   Un perro nunca nos abandonará, nos merezcamos o no su fidelidad. Un gato sí lo hará, por razones desconocidas.

   Habrá una madrugada que no lo sintamos llegar, buscar alimento e ir a su caseta. Esperaremos uno o dos días pensando que está de amoríos; pero no regresará. Tenemos con agua y alimento sus platos…ha pasado una semana y seguimos pensando que volverá. Hasta que una noche, con apenas luz vamos a su casa, y en penumbra vemos que no está allí y no regresará ya.

   Eso es un gato; no le importará cómo queda nuestra alma.





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