Este espectáculo sangriento
y fatal, generalmente para el animal, “Toro de lidia”, también suele serlo para
el humano “Torero”; y endurecedor del espíritu humano.
No se conoce su origen,
pero se piensa que nació en los circos romanos, en la época de barbarie y ya degenerada
civilización Romana.
En los últimos siglos de
este imperio antiguo, tenían por diversión toda la sociedad romana, en todas su
clases sociales, asistir a los espectáculos dados en los llamados circos,
semejantes a los estadio de deportes actuales, pero acondicionados para
representar situaciones reales en las que se veía la muerte de humano en manos
de animales salvajes; violaciones, y especialmente luchas a muerte con armas
entre hombres llamados “gladiadores”.
Entre estos espectáculos crueles,
estaba el ataque de toros salvajes a personas que sacrificaban colocándolas junto
a estos animales. La muerte de hombres, mujeres, corneados por estos animales
divertían a esos espíritus; que no tardarían en conocer el terror también
cuando ya en decadencia, fueron atacados y destruidos por otros pueblos
invasores.
Se puede imaginar a un
infeliz tratando de defenderse del ataque del toro; en su terror colocar
delante de él una prenda de vestir, un trapo, que el toro eligió para cornear.
El sujeto se dio cuenta de ello, la chusma también; el toro atacaba al trapo en
movimiento y no a la persona; lo cual era premiado con aplausos, y tal vez le
salvara la vida; había nacido el toreo.
¿Por qué esto ha sobrevivido
milenios? ¿Hay sadismo en no pocas personas? ¿Es un legado “cultural”? ¿Es
parte de la cultura o tradiciones españolas y regadas en Latinoamérica?
Lo real es que aún existe
y se practica. En la historia del toreo, donde son héroes los “Toreros”;
personas entrenadas para lidiar con el animal, también preparado para el
espectáculo, existió un destacado, conocido como “Manolete”. Las gentes veían
en las corridas, elegancia, bravura; donde el “coso” era también lugar de
exposición social. Ya en su vejez, Manolete, no se acercaba tanto al toro, que
era una de las característica que hacía chillar al público, especialmente a las mujeres, cuando el afilado
cuerno pasaba rozando el pecho o abdomen del toreador; por ello el público, muy
seguro es sus butacas exigía al torero más acercamiento; hasta se burlaban con
frases como: “Manolete ya no mata ni un torete si le sale por el retrete”.
Presionado en su orgullo,
Manolete se acercó, en la siguiente embestida, al enorme toro, que consiguió
cornearlo en el pecho; sólo sobrevivió, unos días.
Hace poco, otro torero
siguió el mismo camino a un nicho.
Las discusiones para
cancelar este espectáculo, con muertes humanas innecesarias, no son
definitivas; quizás se pueda conservar si se cambian las reglas; se elimina la tortura
del animal que los “Pican” con lanzas que llegan hasta los pulmones del
infeliz; le sangran y así no puede respirar, facilitando su asesinato, ante el
regocijo del público ya aberrado, como el antiguo romano de la decadencia
militar, política, social moral.
Que el espectáculo se
limite al toreo de animal; no a ser herido luego muerto. Que termine la
actuación saliendo, tanto humano con animal vivos. Que lo que se vea sea
elegancia, vigor del animal, destreza para no ser cogido por pitones sin
agudezas. Así se podría ver no sólo una vez sino varias al mismo toro, con
diferentes toreros, dentro de una función no salvaje.
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