Recordando que leyenda es un relato de algo real,
sucedido en tiempos muy lejanos, que fue trasmitido oralmente y que por ello
sufrió variaciones respecto al hecho original; transformándose, si perder su
esencia, en un acontecimiento con encanto, y que sigue transformándose, la papa,
también tiene una leyenda, que puedo contar de acuerdo a lo que recuerdo de lo que me
contaron.
Hace miles de años, en el Altiplano peruano, recién
habitado por pocas tribus, había dos pueblos bien diferenciados, que vivían en
constantes luchas.
Uno de ellos era
pacífico y laborioso, vivían en la parte Norte, existían de sembrar quinua; el
trabajo era muy duro, pero conseguían llegar a producirla.
El otro pueblo, que vivía en el Sur, no trabajaban, eran
violentos; se pasaban el tiempo entrenándose para luchar; eran puramente
guerreros. Esperaban que los del Norte estuvieran en tiempo de cosecha para
atacarlos, robarles su producto, que bajo violencia los hacían cosechar a ellos
mismos.
Los de Norte, por
su espíritu pacífico, jamás se resistían, se sentían atrapados. Les dejaban
apenas para que sobrevivieran y volvieran a sembrar.
Cuando comparo esta situación de hace tanto tiempo, con
gentes poco menos que salvajes, en todo caso, aun no muy civilizados, con el
actual mundo humano; el de la ciencia, tecnología, computadora e internet
actual; me resulta difícil, en esencias, encontrar diferencia de relaciones
entre pueblos. Permanece la relación entre quienes producen y quienes explotan;
es decir la relación de amo a esclavo.
Después de que volviera a suceder los de siempre, el
ataque a los de Norte, las palizas y hasta muertes a los que se que resistían
al robo, porque eso era; los del Sur, se retiraban con gritos victoriosos,
burlones, dejando heridos, muertos, y llorando a mujeres, niños y ancianos.
Por fin decidieron reunirse y hacer algo, siempre ante el
temor a la violencia de sus depredadores. Algunos sostenían que debían darles
lo que querían; después de todos sobrevivían, flacos, débiles, enfermos por eso,
pero seguían vivos.
A los más ancianos se les ocurrió que esto les sucedía
porque habían olvidado a los dioses y que estos también los habían olvidado, y
que sería mejor ir a buscarlos y contarles el problema.
Formaron un grupo y se dirigieron a la cumbre del cerro
más alto, el vocero se dirigió al cielo y contó lo que les sucedía. Claramente
escucharon una voz que les decía: “Al pie del cerro encontrarán amontonadas
unas cosas como piedras pequeñas, son semillas. Vayan a sus tierras, abran un
agujero y colocan una semilla de esas en cada agujero; y dejen a la lluvia que
se encargue; igual como hacen con la quinua que siembran; y esperen para comer
de sus frutos”. Calló la voz; se miraron entre ellos y agradeciendo, bajaron
apuradamente el cerro. Efectivamente allí había un gran montículo de las
llamadas semillas.
Con mucho ánimo y esperanza llevaron las semillas al
pueblo, contaron todo y procedieron a hacer exactamente lo indicado.
Todos los días iban a observar los terrenos sembrados de
aquellas semillas desconocidas. Empezaron las lluvias, y de cada agujero,
empezaron a salir unas plantitas que crecían muy bien cada día. Habían dejado
de sembrar quinua.
Se veía un manto verde de aquellas pequeñas plantas que
crecían y crecían con cada lluvia. No habían sembrado quinua y había
inquietudes entre ellos; pero los más confiaban en su dios.
Como siempre, eran espiados por los del sur. Los espías
contaron a los jefes que los del Norte no habían sembrado quinua, sino otras
plantas que se veían verdes también. Concluyeron que seguramente eran de comida
y que no se debían preocupar, solo entrenarse y esperar los días de cosecha
para proceder como siempre; lanzando carcajadas despidieron a los espías.
Hermosos se veían los campos con la nueva siembra; las
plantas tenían bellas flores, que aun los espíritus primitivos podían estar
conscientes de ello. De las flores se empezaron a formar unas verdes bolitas
que crecían cada día; las plantas y todo el campo estaban llenos de ellas. Los
del Norte estaban felices. Esto fue comunicado por los espías del Sur, quienes
decidieron que era el momento de ir por su cosecha; nunca se habían preparado
más ferozmente que para esta experiencia de un producto nuevo.
Les cayeron como siempre con mucha violencia; los de
Norte miraban sin hacerles resistencia, más con mucha furia en el corazón,
porque sucedía lo mismo que con la quinua; mientras, con lágrimas de las
mujeres, vieron que los del Sur entraban
a aquellos terrenos y empezaban a comer aquellos desconocidos frutos.
Los atacantes estaban feroces por el hambre ya contenido
y devoraban aquellos frutos, aunque los encontraban desagradables. Luego del
atracón, algunos de ellos empezaron a apretarse el estómago y a quejarse de
dolores; otros empezaron a vomitar, dando gritos. Corrían y se tropezaban; por
instinto los del Norte se armaron de valor, fuerza no les faltaba por el duro
trabajo; cogiendo palos las emprendieron contra los usurpadores que apenas se
podían defender; empezaron a huir perseguidos por los del Norte que se habían
envalentonado o enfurecido de tanto tiempo de explotación. Hubo batalla y duró
un tiempo; debilitados los del sur tuvieron muchos muertos y heridos;
finalmente huyeron.
Los de Norte no sabían si alegrarse por haber derrotado
por primera vez a sus enemigos, o lamentarse por lo que habían visto lo que
hacía aquellos frutos. Discutieron entre ellos; algunos sostenían que todavía
estaban verdes por eso habían hecho daño. Decidieron hacerlos madurar más.
Pasaron unas semanas y los pocos frutos que quedaron y las mismas plantas
empezaron a secar casi hasta desaparecer.
Estaban tristes y furiosos, y decidieron visitar otra vez
a dios para que les explique cómo se había burlado de ellos; no habían sembrado
quinua y morirían de hambre.
Dios les dijo simplemente que escarbaran en los agujeros
donde habían sembrado a aquellas semillas y que las cocinaran. Así lo hicieron
y se encontraron que en cada agujero había gran cantidad de semillas parecidas a
las sembradas, pero más grandes. Las cocinaron, probaron y sentían que se
volvían más fuertes. Separaron una cantidad semejante a las que les dio su
dios, y no volvieron a pasar hambre. Habían derrotado a los explotadores que
jamás volvieron; y junto con la quinua, no les volvió a faltar alimentos;
además que habían aprendido a defenderse y se habían vuelto muy fuertes con el
nuevo alimento.
Bueno es una leyenda. Creo que iré a prepararme unas
papas de Puno, fritas; y tomar un café del Cuzco, con azúcar de Arequipa.
Ω



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