miércoles, 1 de junio de 2016

NOTICIAS PERUANAS DE: THOMAS ALBERT MALDONADO CARBAJAL: ‘LA LEYENDA DE LA PAPA’






Recordando que leyenda es un relato de algo real, sucedido en tiempos muy lejanos, que fue trasmitido oralmente y que por ello sufrió variaciones respecto al hecho original; transformándose, si perder su esencia, en un acontecimiento con encanto, y que sigue transformándose, la papa, también tiene una leyenda, que puedo contar  de acuerdo a lo que recuerdo de lo que me contaron.
Hace miles de años, en el Altiplano peruano, recién habitado por pocas tribus, había dos pueblos bien diferenciados, que vivían en constantes luchas.
 Uno de ellos era pacífico y laborioso, vivían en la parte Norte, existían de sembrar quinua; el trabajo era muy duro, pero conseguían llegar a producirla.
El otro pueblo, que vivía en el Sur, no trabajaban, eran violentos; se pasaban el tiempo entrenándose para luchar; eran puramente guerreros. Esperaban que los del Norte estuvieran en tiempo de cosecha para atacarlos, robarles su producto, que bajo violencia los hacían cosechar a ellos mismos.
 Los de Norte, por su espíritu pacífico, jamás se resistían, se sentían atrapados. Les dejaban apenas para que sobrevivieran y volvieran a sembrar.
Cuando comparo esta situación de hace tanto tiempo, con gentes poco menos que salvajes, en todo caso, aun no muy civilizados, con el actual mundo humano; el de la ciencia, tecnología, computadora e internet actual; me resulta difícil, en esencias, encontrar diferencia de relaciones entre pueblos. Permanece la relación entre quienes producen y quienes explotan; es decir la relación de amo a esclavo.
Después de que volviera a suceder los de siempre, el ataque a los de Norte, las palizas y hasta muertes a los que se que resistían al robo, porque eso era; los del Sur, se retiraban con gritos victoriosos, burlones, dejando heridos, muertos, y llorando a mujeres, niños y ancianos.
Por fin decidieron reunirse y hacer algo, siempre ante el temor a la violencia de sus depredadores. Algunos sostenían que debían darles lo que querían; después de todos sobrevivían, flacos, débiles, enfermos por eso, pero seguían vivos.
A los más ancianos se les ocurrió que esto les sucedía porque habían olvidado a los dioses y que estos también los habían olvidado, y que sería mejor ir a buscarlos y contarles el problema.
Formaron un grupo y se dirigieron a la cumbre del cerro más alto, el vocero se dirigió al cielo y contó lo que les sucedía. Claramente escucharon una voz que les decía: “Al pie del cerro encontrarán amontonadas unas cosas como piedras pequeñas, son semillas. Vayan a sus tierras, abran un agujero y colocan una semilla de esas en cada agujero; y dejen a la lluvia que se encargue; igual como  hacen con  la quinua que siembran; y esperen para comer de sus frutos”. Calló la voz; se miraron entre ellos y agradeciendo, bajaron apuradamente el cerro. Efectivamente allí había un gran montículo de las llamadas semillas.
Con mucho ánimo y esperanza llevaron las semillas al pueblo, contaron todo y procedieron a hacer exactamente lo indicado.
Todos los días iban a observar los terrenos sembrados de aquellas semillas desconocidas. Empezaron las lluvias, y de cada agujero, empezaron a salir unas plantitas que crecían muy bien cada día. Habían dejado de sembrar quinua.
Se veía un manto verde de aquellas pequeñas plantas que crecían y crecían con cada lluvia. No habían sembrado quinua y había inquietudes entre ellos; pero los más confiaban en su dios.
Como siempre, eran espiados por los del sur. Los espías contaron a los jefes que los del Norte no habían sembrado quinua, sino otras plantas que se veían verdes también. Concluyeron que seguramente eran de comida y que no se debían preocupar, solo entrenarse y esperar los días de cosecha para proceder como siempre; lanzando carcajadas despidieron a los espías.
Hermosos se veían los campos con la nueva siembra; las plantas tenían bellas flores, que aun los espíritus primitivos podían estar conscientes de ello. De las flores se empezaron a formar unas verdes bolitas que crecían cada día; las plantas y todo el campo estaban llenos de ellas. Los del Norte estaban felices. Esto fue comunicado por los espías del Sur, quienes decidieron que era el momento de ir por su cosecha; nunca se habían preparado más ferozmente que para esta experiencia de un producto nuevo.
Les cayeron como siempre con mucha violencia; los de Norte miraban sin hacerles resistencia, más con mucha furia en el corazón, porque sucedía lo mismo que con la quinua; mientras, con lágrimas de las mujeres, vieron que  los del Sur entraban a aquellos terrenos y empezaban a comer aquellos desconocidos frutos.
Los atacantes estaban feroces por el hambre ya contenido y devoraban aquellos frutos, aunque los encontraban desagradables. Luego del atracón, algunos de ellos empezaron a apretarse el estómago y a quejarse de dolores; otros empezaron a vomitar, dando gritos. Corrían y se tropezaban; por instinto los del Norte se armaron de valor, fuerza no les faltaba por el duro trabajo; cogiendo palos las emprendieron contra los usurpadores que apenas se podían defender; empezaron a huir perseguidos por los del Norte que se habían envalentonado o enfurecido de tanto tiempo de explotación. Hubo batalla y duró un tiempo; debilitados los del sur tuvieron muchos muertos y heridos; finalmente huyeron.
Los de Norte no sabían si alegrarse por haber derrotado por primera vez a sus enemigos, o lamentarse por lo que habían visto lo que hacía aquellos frutos. Discutieron entre ellos; algunos sostenían que todavía estaban verdes por eso habían hecho daño. Decidieron hacerlos madurar más. Pasaron unas semanas y los pocos frutos que quedaron y las mismas plantas empezaron a secar casi hasta desaparecer.
Estaban tristes y furiosos, y decidieron visitar otra vez a dios para que les explique cómo se había burlado de ellos; no habían sembrado quinua y morirían de hambre.
Dios les dijo simplemente que escarbaran en los agujeros donde habían sembrado a aquellas semillas y que las cocinaran. Así lo hicieron y se encontraron que en cada agujero había gran cantidad de semillas parecidas a las sembradas, pero más grandes. Las cocinaron, probaron y sentían que se volvían más fuertes. Separaron una cantidad semejante a las que les dio su dios, y no volvieron a pasar hambre. Habían derrotado a los explotadores que jamás volvieron; y junto con la quinua, no les volvió a faltar alimentos; además que habían aprendido a defenderse y se habían vuelto muy fuertes con el nuevo alimento.
Bueno es una leyenda. Creo que iré a prepararme unas papas de Puno, fritas; y tomar un café del Cuzco, con azúcar de Arequipa.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

CUANDO AL GOBIERNO LLEGAN GOBERNADORES SIN PERFILES DE GOBERNANTES.

Cuando después de, digamos un año, los gobiernos demuestran esterilidad para desarrollar el país, pueden darse dos situaciones: ayudar a g...