Empecé a fumar desde la adolescencia, con algunas
escaramuzas en la niñez.
Por la tradición. Ibas
a una fiesta, no sólo se bailaba, se bebía y…se fumaba. ¿Por qué? , por que sí;
eso es la tradición. Y ya establecido el hábito, siempre se hacía cada vez que
había una ocasión.
En la adultez, con las preocupaciones de conseguir trabajo, sostener adecuadamente a
una familia, con aspiraciones en la vida; aparecen los temores no conocidos en
la niñez, ni en la adolescencia, porque de todo para vivir se encargaban papá y
la de los milagros, aquella mujer que daba la impresión de duplicar o triplicar
los panes; conseguir la ropa, mantenerte en el colegio, en la universidad
algunas veces.
En mi caso, ya con inquietudes porque había que lidiar
con situaciones difíciles no conocidas; al tener movimientos nerviosos en los
dedos de las manos, entraba a una tienda o bodeguita, o de un puesto en una
esquina o carretilla y compraba unos cigarrillos “sueltos”; dos o tres; para
luego ir por otra dotación, luego de
convertirlos en humo, que primero estaba en los pulmones.
La vida nunca ha sido para nadie, ni medianamente fácil;
especialmente para las masas humanas que dependen de su trabajo manual para sobrevivir;
y aun para los empresarios que permanentemente está pensando, en si dirigen
bien sus empresas para tener utilidades, para no quebrar. Como uno más en la
lucha por sobrevivir, no sólo como persona, sino con mayor responsabilidad con
una familia, también formé parte del creciente número de humanos en el mundo
con la enfermedad, inicialmente mental, y luego orgánica: el estrés, o intensas
y numerosos preocupaciones causadas por la lucha para vivir.
Empecé a fumar cada vez más; ya no compraba los
cigarrillos sueltos, sino en cajetillas. Sabía que no sólo gastaba dinero que
podía convertirse en pan, sino que terminaría por enfermarme de los pulmones
como la cultura informaba. Se daba la inconsistencia de “por dinero insuficiente
o ninguno fumo, pero estoy gastando cada vez más en fumar para calmarme”. No sólo las fallas
económicas son causas, sino también, los desamores por ejemplo.
Mi cerebro, la razón, decía que había que dejar de fumar,
pero, ¿cómo?; el hábito se había hecho fuerte y las problemática continuaba. No
relacionaba aun el fumar, el usar la nicotina, con las preocupaciones. Empezaba
a sentir, cada vez que tosía, un dolorcillo bien focalizado en el pecho, que
atribuía a quizás haberme dado un golpe sin estar consciente, y que con los
días se pasaría, como tantas veces nos hemos golpeado; o por lo codazos en los
partidos de fútbol.
Un día, temprano que iba por una calle…fumando, encontré
a un amigo, gran fumador; nos detuvimos a saludarlos y charlar algo. Le ofrecí
un cigarrillo que rechazó con mucha firmeza, lo que me hizo sonreír. Le
pregunté, él estaba muy serio, por qué no aceptaba el cigarrillo y contó que
venía del hospital, que había tenido fuertes dolores en el pecho cada vez que
tosía, y señalo un lugar en su pecho…el mismo lugar donde yo empezaba a sentir
el dolor. El galeno finalmente le había dicho que tenía comienzo de cáncer
pulmonar por la nicotina y que debía dejar de fumar si no quería morirse en
pocos años. Esto lo asustó y por ello decidió no volver a fumar, desde ese día.
No necesitaba ser inteligente para comprender. Decidí no
fumar desde ése momento. Toda la mañana, la tarde de aquel día no fumé, pero
tampoco me deshice de los cigarrillos. En la noche me encontré con un primo
fumador, quien me invitó un cigarrillo…y acepté; ya empezaría a dejar de fumar
otro día. Pero había tomado una decisión seria; todas las horas antes de dormir
pensaba que debía encontrar la forma de dejar la nicotina.
Toda la mañana siguiente estuve sin fumar; después de la
hora de trabajo, antes de tomar el bus para mi domicilio no pude controlarme y
entré en una tienda a comprar el paquete más grande y fino de cigarrillos y…mejor…dos.
No era yo el que estaba haciendo eso, no lo entendía pero
ya tenía en la casaca los dos paquetes completos. Empecé a fumar desde esa
tarde. Me encontré con dos primos, a quienes invité; me hicieron la observación
de que fumaba muy aprisa y apenas terminaba uno encendía el otro; me
preguntaban qué pasaba; porque estaba echando más humo que “tren de sierra”—expresión
sobre los antiguos trenes de carbón—. No podía dejar de fumar intensamente.
Pasó el día, pasó la tarde y la noche…fumando. Al día
siguiente en que me disponía a salir a la calle uno de mis primos me preguntó
si iba al centro, le dije que sí, y me invitó un cigarrillo; lo tomé, sentí el
olor a tabaco, le pedí permiso y volví a la casa, al baño a vomitar. El olor
del tabaco me había producido aquello. Luego de recuperado, no quise fumar…y no
lo he vuelto a hacer.
No encuentro una explicación racional a mi caso; algo
científico. Tal vez mi deseo, mi necesidad de dejar un mal hábito, haya
determinado que sea el subconsciente—algo de poderes muy desconocidos aun—, me
hay guiado. No lo sé. No sólo deje de fumar, sino que en mi casa no lo hacen.
Si una de las causas del mal hábito, son las diferentes
preocupaciones, bien puede atacarse esta enfermedad grave, eliminando las
causas.
El tema da para muchísimo
más; tan preocupante que contiene a millones de personas muertas por su causa.
Ω


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