Hacer dinero, sin medir escrúpulos, es en la civilización
Neocapitalista, burguesa, con matices de
restos monarquistas, es tan natural como orinar. Por ello se crean mercados
para falsas necesidades; lo que hace trillonarios a esta clase de inversores;
dineros guardados en los paraísos fiscales y que provienen de todos los
trabajadores del mundo; inducidos al consumo por astutas publicidades, hasta lo
más condenable: propagandas.
Se afirma que el Alzheimer, es una “enfermedad” asociada
a la gente anciana, que implica pérdida gradual de la memoria por muerte de
neuronas. Si recordamos, haciendo un esfuerzo, que “enfermedad” es una anomalía,
una alteración en el funcionamiento de
un organismo sano, por causas conocidas o desconocidas que pueden ser
eliminadas, volviendo el organismo a la normalidad; se observa que este
concepto no es aplicable al Alzheimer. Pero al considerar esta anomalía como
enfermedad, se le sigue buscando las causas para la curación; mientras se
gastan millones de dólares en su “curación”; dinero que enriquecen a los
fabricantes de medicinas y a los comerciantes de ellas.
Si consideramos que un ser humano vive normalmente, es
decir muere de viejo; la transformación física es muy notoria, en el aspecto
físico, en los rendimientos musculares; en lo anímico va perdiendo poco a poco
interés por los sucesos en su mundo y en el mundo; después de todo, por haber
vivido, para él ya nada es nuevo bajo el sol.
¿Y en lo mental?
¿Qué sucede en el cerebro, en la mente? ¿Cómo se da el envejecimiento allí? ¿Por qué se envejece? ¿Para qué se envejece y
finalmente muere todo ser viviente?
La obra creativa máxima de las fuerzas creadoras,
ordenadoras en el Universo, desconocidas, es el fenómeno vital; la creación de
seres vivientes partiendo de materias y energía en complejos procesos que
exasperan a los científicos, filósofos e interesados en comprender el Universo
mismo y todo lo que se da en él. Lo claro es la conclusión de que ningún ser
viviente es eterno; que todo ser vivo nace, crece, se reproduce y fatalmente,
muere; dejando descendientes; en una cadena interminable; en un ciclo que no se
sabe cómo comenzó y lo más irritante: ¿Para qué vivir? Ya como insecto, pez,
mariposa, dinosaurio o humano; si se tiene que morir, desaparecer, no ser más
lo que se era.
Filosofías, religiones, creencias, tienen sus propias
teorías que satisfacen a sus seguidores; pero no al verdadero científico, para
quien el conocimiento emana del mundo físico y tiene representación lógica en
el cerebro; no idealmente nace en la mente, sin ningún otro origen como
sostienen los idealistas.
El Universo, la Naturaleza no ha podido crear al ser
inmortal, en ninguna especie de seres vivientes; la única manera encontrada de
mantener el fenómeno vital, como máxima aspiración cósmica, es la reproducción
de alguna manera. Esto implica la muerte de los seres vivos.
Supongamos un humano que ha vivido hasta viejo o
vieja—ojalá fuera el caso de todo humanos, para evitar sufrimientos de
parientes, amigos—; ¿Cómo haría la naturaleza para provocarle la inevitable
muerte piadosamente, sin sufrimientos ni físicos, espirituales o mentales?
—Cuando se practica la eutanasia a una mascota porque precisamente está viejo o
debe evitársele sufrimiento; simplemente se le inyecta un poderoso somnífero y
la sustancia letal; el animal “no sufre”, no se da cuenta por la droga.
El Alzheimer actúa
de manera semejante; borrando poco a poco la memoria al desconectar neuronas—no
mueren—; la desconexión implica desarmar la codificación que son los enlaces;
es decir el conocimiento; ¿Quién da la orden? Un chip instalado en todo ser
viviente; animal o vegetal; puesto allí por la creadora Naturaleza.
Un ser viviente, especialmente los humanos, son
estructuras, sistemas tan complejas que por ahora la inteligencia no alcanza a
entender, comprender; y no por ello, con cierta sonrisita furtiva, pensamos en
las limitaciones de las tremendas capacidades en el Universo; incapaces de
producir seres inmortales; donde por ello siempre esos adioses hacen llorar.
Quería escribir algo más, pero lo olvidé.


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