En un hospital, en algún lugar del mundo, hace algún tiempo,
una paciente desahuciada sufría enormemente; las drogas no conseguían calmar
sus sufrimientos y el de los familiares; hasta del propio personal del
hospital.
Cada vez que entraban las enfermeras y otro personal a las
rutinas, les rogaba ya sin lágrimas que desconectaran los aparatos y la dejaran
morir; a lo que por reglamentos y leyes, civiles, religiosas, se oponían. La
situación tendía a eternizarse y el dolor también llenaba el corazón de las
duras enfermeras. Especialmente una de ellas, que por “descuido”, mientras
aseaba el lugar, desconectó la vida artificial, dejándola morir, con el
agradecimiento de la paciente, conforme se enteró el jurado en el juicio
abierto contra esta profesional de la salud, demandada por negligencia.
Cuántas veces exigimos cosas que realmente no sentimos, sólo
que se pide se cumplan de acuerdo a leyes, tradiciones, dogmas; todo ello en un
estado de hipocresía o masoquismo difícil de entender.
También lo ilustra el caso del niño que adoraba a su perro;
cuántas aventuras con él desde que empezó a amarlo. Hasta que el animal
contrajo rabia, era un peligro y había que eliminarlo. Que lo durmiera el
veterinario no era problema; pero el mismo niño decidió pegarle un tiro lo más
rápido y certero posible.
Hay que decidir por muy dura que sea la alternativa;
recordar que el dolor no es eterno; que lo feroz, que lo brutal, del
sentimiento será por un tiempo; que la vida en también su sabiduría, sabe cómo
ir calmando el alma; nunca se borrará la huella del ser querido; pero
comparando con la acción correcta; debemos aceptar que había que hacerlo.
La Eutanasia, es un derecho de la persona consciente de que
ha sido desahuciada, o por decisión de la familia. Nadie más tiene derecho
sobre nuestras vidas en tales situaciones; y aun cuando las causas puedan ser
otras.
Ω

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