El premio al
éxito cíclico de una empresa, son las utilidades. El Estado recibe su parte
legal, al igual que los propietarios, accionistas. Se suele incluir a los
trabajadores.
Sin muchas
extensiones, las leyes al respecto deberían ser simplemente lógicas: Las
utilidades deben ser repartidas proporcionalmente, porcentualmente, entre todos
los miembros humanos de las empresas, que laboraron durante el ciclo económico
o parte de él; por haber contribuido a los frutos. Toda empresa que obtiene
utilidades debe asignar a sus
trabajadores todos, una parte porcentual; no importan los montos; sino la
acción justa.
En el caso
contrario, cuando, por cualquier razón o causas, la empresa no hubiera obtenido
ganancias, y por el contrario, hubiera sido un periodo negativo; el Estado,
antes de rematar nada, debería estudiar el caso de la empresa y tratar de
resucitarla o asumir las pérdidas; evitando la ruina de los responsables; para
que en una segunda oportunidad, además
de habilidades ganadas tengan suerte de operar en mercados de alto consumo.
Donde el objetivo de esto sea de mantener vivas las instituciones generadoras,
especialmente de productos; porque son fuente de riqueza, de trabajo. Cuando la
producción de bienes y el consumo se mantienen en equilibrio matemático, la
economía se manifiesta como sana. Cuando los servicios exageran su lucro, hay
problemas económicos, sociales; como cuando hay usuras, y en los bolsillos y
carteras empiezan a aparecer agujeros, de tanto rebuscar monedas; porque todo
el dinero yace estancado en bóvedas.
¿Qué harán
con las utilidades los empresarios y los trabajadores? Lo de siempre: el
inversionista, reinvertirá; mientras el trabajador, fuerza de la demanda, lo
consumirá.
Siempre las utilidades serán una buena
noticia; son mensajeros de bienestares en las sociedades.
Ω


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